3 de junio de 2019

Mendoza 2019 - parte III (final)

Últimos días...

24 de mayo de 2019
Parque San Martín

Hoy, que no tenía ninguna excursión contratada, puse el despertador un poco más tarde, y qué pasó? Me desperté antes de que sonara. Igualmente dormí un poquito más, y me fui a desayunar cuando ya estaba amaneciendo (cosa que sucede bastante tarde acá, entre 8.15 y 8.30 más o menos). La vista del amanecer desde el desayunador del piso 14 es fantástica.

 El cielo al principio y al final del desayuno

Luego de un copioso desayuno, arranqué el paseo. Salí del hotel y unas pocas cuadras después tomé la Av. E. Civit, que es arbolada y con unas casas antiguas preciosas (desearía haber investigado un poco más al respecto de estas construcciones, pues sólo pude identificar dos). Las avenidas son bien anchas en la ciudad, tanto la calle como las veredas.
Derecho por Civit se llega a los portones del parque General San Martín. Antes de cruzar, está la Casa Arenas, una hermosa casona de la que se dice que está embrujada. Pues no lo parece, y si me la quisieran dar, yo la aceptaría gustosa.


Casa Arenas

Los hermosos portones, una pena que no se cierran nunca

Al trasponer los portones, se ingresa al parque. En realidad, se puede entrar por cualquier lado sobre la Av. Bulogne Sur Mer, porque no hay rejas, sólo el portón, como se ve en la foto. Pero si hay un portón, yo entro por el portón.
Unos pocos metros más adelante, pasando el busto de Emilio Civit y la placa que indica que él fue quien impulsó el parque, y Carlos Thays (el mismo del Botánico de Buenos Aires) quien lo diseñó, están los caballitos de Marly, réplicas de los que estaban en la plaza de la Concordia en Paris, y que ahora están en el Louvre. Se encargaron en 1911, época en la que había muuuucha plata, y si vos eras un ricachón que quería "caballitos, dos, de mármol de Carrara de primera calidad, y que sean iguales a los que están en París!", no había ningún problema. Claro que si eras un pobre de los que todavía vivían por la zona de la primera ciudad y querías cloacas y agua potable, la cosa ya no era tan simple.

Don Emilio 

Caballitos de Marly

De ahí pasé a buscar un mapa del parque, que no necesitaba pues Google maps, pero quería preguntar por los baños, y luego arranqué derecho por la Av. del Libertador, que lleva directo al Cerro de la Gloria. La parte que corre junto al parque es muy linda, con árboles a un lado, o claros verdes, y pequeños cauces de agua. Pero una vez que empieza la zona de la universidad y el estadio, es medio chotona, además de que no está señalizada. Supongo que no mucha gente llega caminando, pero estaría copado que hubiera un sendero más lindo y bien señalizado. Al pasar por al lado del ex zoo (que actualmente está siendo convertido en ecoparque) el olor es francamente insoportable. Y así, through dangers untold and hardships unnumbered (bueno, no), llegué al comienzo de la subida peatonal al Cerro de la Gloria. Cabe aclarar que toda la ciudad tiene una leve pendiente, así que el camino fue en subida desde que salí del hotel. Pero acá la cosa se puso heavy, y en un punto tenía que parar cada cinco metros porque la inclinación era intensa para estas piernas acostumbradas a la llanura. Al sillón, bah.



Más sola que loca mala

Arranca la subida

Pero de a poco, y en remera porque CALOR, llegué a la primer parada, que es el plaquetario, donde se colocan las placas en honor a San Martín y su ejército. Desde ahí podría haber subido y llegado directamente al monumento desde el frente, pero no lo sabía (y, de nuevo, los letreros de señalización te los debo), así que seguí subiendo en círculos por el acceso vehicular y llegué por un costado. Pero no estuvo mal, porque antes de llegar se ve todo el bosquecito de abajo, y justo lo estaban regando (sí, riegan los árboles, recuerden que Mendoza es básicamente un desierto), y el silencio por la ausencia de gente, sumado al sonido del agua en los árboles era muy agradable. En todo mi trayecto de subida no vi a nadie más. Todos vagos.
Dato: en la cima del cerro, la altura es 980 metros sobre el nivel del mar.
Hoy sí pude observar bien el monumento (y sacarle mejores fotos #loimportante); en cada una de sus caras tiene escenas representando los distintos momentos previos al inicio del cruce de los Andes. Después de la observación, me quedé sentada ahí un rato, comiendo un snack y descansando. Probé las tortitas mendocinas, qué cosa rica! Son como una mezcla entre pan, cremona y galleta.

Subiendo

Plaquetario

El bosquecito

El monumento

Ya recuperada emprendí la vuelta, y si subir fue difícil, bajar lo fue más, realmente hay que hacer mucha fuerza para no irse al carajo. Al menos hoy no me caí de culo xD
Una vez abajo y a salvo del porrazo, volví por el mismo camino hasta llegar al parque, y ahí me desvié para adentro por el Paseo de los Plátanos. Es un sendero hermoso, bordeado obviamente por plátanos (que para mí son parecidos al arce), todos ya con sus hojas de color ocre. Estoy enamorada del otoño en esta ciudad. Caminando llegué a la Fuente de los Continentes. Ahí nomás están el rosedal (que no tenía ni una rosa, la desventaja del otoño) y el lago. Luego retomé el Paseo de los Plátanos y salí del parque, más o menos a las 2.30 pm, y habiendo caminado 12 km, según mi app.

Paseo de los plátanos


Fuente de los continentes

Tomé la Av. Arístides para buscar algún lugarcito para comer, y encontré Don Aldo en la Arístides, en donde me comí el mejor sandwich de pollo de la vida.
Caminé un poco más, y después me tomé el colectivo (y esta vez me bajé bien, gracias a Google maps), y me fui para el lado del área fundacional, que había visto tan a las apuradas el día del lluvioso city tour. Siendo la hora de la siesta, por supuesto no había absolutamente NADIE. Di una vueltita por la plaza, pero el día estaba tan lindo y soleado que no me dieron ganas de meterme en el museo.




Volví para el centro, cerca del hotel, liquidé las últimas compras de souvenirs y siendo ya más o menos las 6 de la tarde, con 17 km caminados y sintiendo que en cualquier momento me sentaba en el cordón de la vereda y me quedaba ahí, me fui a merendar a un cafecito que está a la vuelta del hotel, Bocca. Y no pedí precisamente tostadas con queso crema light...

Gloria eterna a la chocotorta

Al volver al hotel, me hice de una caja de vinos (vacía) para ir acomodando los que ya me había comprado, y los que me compraría al día siguiente. Para quienes no sepan, en vuelos saliendo de Mendoza se pueden llevar hasta seis botellas de vino como "equipaje de mano", en cabina. A la caja con separadores que me dieron, le sumé nylon burbuja que me había llevado desde casa, pues #BorrachaPrecavida, y acomodé las tres botellas que tenía hasta el momento, además de envolver otras cosas en el nylon burbuja (lo que compré en la olivícola, por ejemplo), porque ya hay que ir pensando en armar la valija de vuelta *snif*

25 de mayo de 2019
Viva la Patria y las bodegas

Hoy toca la última excursión, y cerramos Mendoza como se debe: visitando bodegas (y degustando sus productos!). La visita elegida: "Sabores de Maipú" (spoiler alert: vino y oliva).
Llegamos primero a la bodega Trapiche, que funciona en un edificio hermoso; nos dijeron el estilo arquitectónico, que por supuesto no retuve (perfectamente comprensible, dado el nivel etílico en sangre al terminar el paseo), pero me suena a que era algo italiano (?), no hay muchos en el país, y es del mismo estilo que la Usina del Arte en CABA.
Si bien la bodega es muy linda (tanto el edificio como sus alrededores), el recorrido estuvo bastante chato, porque la guía no le ponía mucha onda, tenía el casette puesto y nada la desviaba de su discurso. La degustación, por otro lado, estuvo muy bien; probamos primero un Costa y pampa sauvignon blanc, cuyas uvas provienen de viñedos ubicados en Chapadmalal, provincia de Buenos Aires, que me encantó, y otros dos tintos de los cuales les debo el nombre, el varietal o blend y cualquier otro detalle que no sea "estaban ricos".
Cuando fuimos para la boutique a comprar vinos, una parte del grupo, provenientes de Arizona, USA, estaba comprando una caja del vino tope de gama de la bodega, que se llama Manos. Como les habían abierto una botella ahí mismo, empezaron a convidar, así que lo probé, y debo decir que fue el vino más rico que tomé en este viaje. También diré que estaba bastante fuera de mi presupuesto. Y bueh.

Trapiche y el edificio en cuestión


Enloquecí con esa puerta, por la cual se accedía a un salón con piso de adoquines de madera

Sala de degustación

De Trapiche, ya quizás un poco risueños, nos fuimos para la Bodega Sin Fin, una bodega mucho más chica pero igualmente linda. La host, Agustina, era todo lo contrario a la anterior, súper graciosa y nos dio un recorrido a la vez informativo y entretenido, aunque bastante corto; lo cual estuvo bien, porque después de tanta bodega, no quiero que me repitan oootra vez lo de fermentación, maceración, sarasa, sino que me lleven a degustar, que para eso vine! La degustación estuvo muy bien también, y uno de los cuatro vinos que probamos fue un bonarda que me traje conmigo, riquísimo. Los otros tres eran tintos también, y me gustaron pero no tanto como el bonarda. Es todo lo que puedo decirles al respecto.

Monumento al sacacorcho (?) en la bodega Sin Fin



Vista desde el salón en donde hicimos la degustación

Para este momento, el tour entero ya estaba... no quiero decir en pedo, pero EN PEDO. Los audios que les mandé a mis hermanes al grupo de Whatsapp son oro puro.
Para ir cerrando la excursión, nos fuimos a almorzar a Pan y Oliva, un restaurant de la bodega Zuccardi. Entre el hambre que teníamos (eran más de las 2 de la tarde) y lo rica que estuvo la comida (y los vinos que la acompañaron), todo fue felicidad: de entrada, bruschetta de pan casero con aceite de oliva, tomate y jamón crudo, con un vino blanco que tuvo un par de refills; principal, lasagna con un vino tinto; y postre, helado con frutos secos y champagne. Para finalizar, café.
Después de este opíparo almuerzo, nos anunciaron que íbamos a hacer la degustación de aceite de oliva. Mirá Mabel, comí como una vaca y bebí como un vikingo sediento, no hay manera de que me hagas embuchar ACEITE DE OLIVA. Sólo lo olisqueé un poco, y como parecía espectacular, compré una botellita, además del obligado vino (un malbec originario del Valle de Uco), completando así la media docena de botellas, una de cada bodega que visité.

La trilogía Zuccardi

A eso de las 5 nos depositaron de vuelta en nuestros respectivos hoteles, y fue momento de desinstalarme y empacar. No afirmo ni niego que seguía bastante risueña y que tuve que reacomodar algunas cosas varias veces. Pero finalmente logré guardar todo, en orden y sin hacer uso del fuelle que agranda la valija, sólo dejando afuera lo necesario para bañarme esa noche y vestirme al día siguiente.
Con respecto al baño, me terminé bañando en la habitación de al lado (no, no estaba TAN en pedo como para meterme en una habitación ajena. Hubo un problema con mi termotanque, y me prestaron esa habitación, que estaba vacía). Y así me fui a dormir por última vez en Mendoza.

26 de mayo de 2019
Vuelta a casa
Hoy dormí hasta las 8, que fue levantarse tarde para el standard de estas vacaciones xD
Junté las últimas cosas que había estado usando, cerré definitivamente la valija (exceso de equipaje, ya te siento) e hice el check out a las 9, una hora antes del horario establecido, porque pasión por llegar temprano a TODO; y después subí a desayunar a mis anchas (excelente elección de la palabra "anchas" en este caso...). La mesa en la que desayuné todos los días de mi estadía estaba ocupada, qué disgusto. Igual no me quitó el apetito.
Me tomé todo el tiempo del mundo para terminar mi desayuno, y después salí a leer a la terraza. Estaba fresquísimo, pero la vista lo valió.

Adiós, montañas

11.30 bajé al lobby, y a las 12, muy puntualmente, me vino a buscar el transfer. Llegué al aeropuerto con demasiada anticipación, cosa que a esta altura no sorprenderá a nadie, encinté y pesé mi valija (4 kg de exceso de equipaje, ejem, pero la chica del mostrador de LATAM me dijo "hacemos la promo"  guiño y no me cobraron nada), esperé una hora a que comience el check in (qué fundamental es viajar con un libro, siempre), y quedé liberada para ir a la zona de embarque. Allí descubrí con horror que no había free shop, pero encontré la sala VIP, a la que puedo acceder gracias a la extensión de la tarjeta de mi hermana. Me tomé un tecito #humildad y seguí leyendo hasta la hora del embarque, que se hizo eterno porque la gente es mierda y no respeta las restricciones de equipaje, pero de alguna manera sólo salimos con unos minutos de demora.
Y si podés escuchar Us and them mientras el avión carretea y despega, para llevarte a casa después de unas vacaciones maravillosas, qué más podés pedir?



30 de mayo de 2019

Mendoza 2019 - parte II

Retomando...

21 de mayo de 2019
City tour bajo la llovizna

Hoy también arranqué temprano, para desayunar e irme de city tour. El día amaneció recontra frío y con llovizna, pero el city tour fue mayormente en camionetita. De viaje no suelo contratar este tipo de excursiones, ni uso los micros hop on/hop off, pero acá me pareció una buena idea para tener un panorama general, y después volver "suelta" y a pie a los lugares que más me interesaran.
Empezamos visitando las ruinas de San Francisco, un antiguo templo jesuita (y después parece que se armó rosca, los echaron, vinieron los franciscanos, y no sé en qué quedó eso, se los dejo como tarea). En cualquier caso, se hizo torta en el terremoto de 1861. Hace pocos años se realizaron tareas de consolidación de las ruinas, lo que dejó un efecto muy copado, como si todos esos (creo que se llaman) perfiles completaran el esqueleto de las partes que faltan, y que la imaginación se encargue del resto.

La llovizna y el apuro del guía no permitieron mejores fotos

Frente a estas ruinas está la plaza Pedro del Castillo, fundador de Mendoza, que es muy linda y simétrica, pero no pudimos apreciarla del todo por la llovizna; y dentro de la plaza está el Museo fundacional.



De ahí nos fuimos para el Memorial de la Bandera del Ejército de Los Andes, que es una especie de monumento / estructura (tipo como el de Rosario, pero muchísimo más chico), ubicado en el centro cívico, en donde se puede ver la bandera con la que San Martín cruzó los Andes, y otras dos que capturaron del ejército enemigo (los realistas, that is) en la batalla de Maipú y en otra batalla en Perú, no se sabe cuál. Están al nivel de un subsuelo, en dos espacios distintos, pero cada una en su caja con humedad y temperatura controladas y constantes, para que no se sigan estropeando. La bandera argentina en cuestión está bastante baqueta como se imaginarán (además de haber visto batallas, quedó enterrada entre los escombros de no recuerdo qué edificio en el terremoto de 1861), pero me emocionó mucho verla. Pasar de esa pelotudez que nos enseñaron en la primaria, que la bandera fue bordada por la esposa de San Martín y sus amigas, a ver ese cacho de tela, no especialmente lindo, pero que representaba una cosa enorme, me impactó. La bandera está custodiada siempre por un soldado, y vimos el cambio de guardia.
Vuelta a la camionetita y rumbo al parque General San Martín. Sólo paramos a ver los portones (hermosos), el lago y la Fuente de los Continentes, y llegamos (de nuevo, en la combi) hasta el Cerro de la Gloria, en la cima del cual se encuentra el monumento a la gesta sanmartiniana. Menos mal que el viernes volveré por mi cuenta, pienso hacerlo todo caminando. Hoy el clima no acompaña para nada.

La casa de Gobierno en el centro cívico. Tiene otras dos alas a los costados, en donde 
funcionan un par de ministerios.

Previo al cerro, nos desviamos hacia el santuario de no sé qué virgen que parece que fue muy popular por estos pagos, pero de él solo diré que es lo más feo, arquitectónicamente hablando, que vi en mi vida. Cafecito y terminó el tour. 
Si bien el clima poco amigo era algo imprevisible e inevitable, el guía del tour estuvo medio flojo de anécdotas e historias. Y ni me hagan hablar de su inglés (había una pareja de australianos en el tour); me quería acuchillar los oídos cada vez que daba la versión en inglés: "conquistor" en vez de conqueror, "Saint Martin" y su "unic" daughter... qué cringe escucharlo.
A las 12 ya estaba de vuelta en el hotel; reforcé el abrigo (porque, posta, hacía mucho frío), hice algunos planes con ayuda de Google maps y volví a salir, sin prestarle mucha atención a la llovizna.
Primera parada: basílica de San Francisco, donde están los restos de Merceditas San Martín: cerrada por horario de siesta. BUEH. Pasé por plaza Chile a pispear si era linda, y no mucho, para ser sincera. Luego de una pasada por Brillat Savarin a comprar algunos souvenirs comestibles (qué cosa gloriosa esta pastelería, ya lo dije, no?), seguí hacia el museo Mansión Stoppel, porque quería visitar la mansión más que nada: cerrada por preparación de muestras. BUEH II. Sólo estaba abierta la parte nueva, así que chusmeé la muestra sobre los Andes que había, y me fui. Estaba yo sola, literal.



Los cuadros que más me gustaron de la expo. 
Creo que me gusta un tipo de pintura bastante específico xD

A un par de cuadras hice una parada técnica para comer algo en Filippo, donde también estaba sola. La siesta es sagrada para esta gente, ok, pero y los turistas??

Plaza Chile

Mansión Stoppel

Ese waffle glorioso que me comí en Filippo...

Luego de dar rienda suelta a la compra de alfajores en Espacio San Lorenzo y dejarlos en el hotel, volví a salir, para seguir liquidando el tema de la compra de souvenirs, dado que el clima aún estaba feo para disfrutar de espacios abiertos. Pero había dejado de lloviznar definitivamente, y caminar en el frío es lindo, aunque las fotos salgan chotas. ❅♫ The cold never bothered me anyway ♫❅
Al volver al hotel, me bañé y cambié con toda la intención de salir a cenar. Hasta me pinté las pestañas! Pero la fiaca pudo más, y sólo logré subir seis pisos (en ascensor) hasta El faro, el bistró del hotel en donde se sirve el desayuno todos los días. A esa hora las montañas ya no se ven, pero sí las luces de la ciudad.
Comí muy rico, tomé vino por primera vez desde que pisé Mendoza (about time!), y al finalizar sólo me separaban de mi hogar mendocino 30 segundos en ascensor. Win.

22 de mayo de 2019
Bodegas, primera parte

Hoy fue fundamental levantarse con tiempo para desayunar antes de la excursión, porque tocó "Mendoza: vino y oliva", y no creo necesario explicar de qué se trata.
Arrancamos en Maipú, en la bodega Tempus Alba; es una bodega pequeña que hace pocas variedades de vino, y hace varios años comenzaron con un experimento para conseguir las mejores cepas de malbec, a partir de 8.000 plantas que plantaron en uno de sus viñedos, y ahora tienen tres que son las mejores (una especie de Popstars del malbec, ponele), y con esas hacen uno de sus vinos, el VERO malbec. Después de una recorrida por la bodega, hicimos la degustación de tres de sus variedades: tempranillo, malbec y un blend de malbec y cabernet sauvignon que parece que era el mejor (aunque no fue el que más me gustó). Por primera vez en mi vida tomé vino tinto. Y me gustó, vaya que sí.
Además, nos explicaron cosas interesantes (y para mí, desconocidas): cómo se sirve el vino, por qué hay que descorcharlo al menos una hora antes, por qué se mueve la copa en círculos antes de olerlo (no, no es de snob como yo pensaba xD), qué es un varietal y qué es un blend.
Adquirida la correspondiente botella (un tempranillo, el que más me gustó de la degustación), seguimos camino. A partir de este momento ya tuvimos vistas de la precordillera nevada, una belleza.

En Tempus Alba

La siguiente parada fue la olivícola boutique Pasrai en donde, luego de una breve explicación del proceso de obtención de aceite de oliva, hicimos también una degustación de sus productos: pancitos caseros untados en sus pastas (de tomate, garbanzo, aceitunas, etc) y regados por sus aceites (los tomates secos regados con aceite de oliva saborizado de albahaca, por favor!). Acá me salió la tana de adentro y medio que me desbandé comprando, aunque no todo para consumo personal: varies afortunades ligarán souvenir.

Oh sí

Habiendo hecho un poco de pisito con lo que comimos en la olivícola (necesario en extremo, cuando se comienza a beber antes de las 11 am), seguimos para la segunda bodega del día: Alta Vista. Como su nombre lo indica, tiene una vista increíble de sus alrededores. Más grande que la anterior, aunque no enorme, data del año... del pedo, no sé chiques, no me acuerdo, 1800 y algo. La fundaron unos españoles, pero hace unos veintipico de años la compraron unos franceses.
La recorrimos con nuestra host Agustina, muy piola ella, también nos explicaron cosas sobre sus procesos, sus distintos viñedos (en Luján de Cuyo y Valle de Uco) y los tipos de suelo (acá apareció el concepto de terroir), en fin, un montón de cosas interesantes; y luego, la degustación de tres variedades nuevamente; en este caso, un torrontés, un blend de malbec, cabernet sauvignon y petit verdot, y uno que era sólo malbec, pero combinación de uvas de distintos suelos o terroir (ni idea el plural de terroir, sorry, el francés no es lo mío).

Alta Vista!


Hola!

De acá también me fui con botella souvenir (el torrontés que probamos, muy rico), y partimos hacia la última bodega, Clos de Chacras: una bodega boutique hermosísima, que no recorrimos (bu!), sino que fuimos derecho a su restaurant a almorzar (yey!), siendo ya las 14.30 y con más vino en sangre de lo que es conveniente para tan temprana hora. La comida estuvo increíble: de entrada, empanadas de carne y de humita; principal, un matambre que se cortaba con el tenedor, con papas asadas y unos pastos que por supuesto no comí, y de postre flan con mousse de dulce de leche; todo acompañado por dos de sus vinos, como no podía ser de otra manera.
Como no hay dos sin tres, de acá también me llevé una botella (un chardonnay que me recomendaron enfáticamente). Luego de este almuerzo, nos devolvieron a todos a nuestros hoteles, en un estado de dudosa sobriedad, y así finalizó la excursión.

En Clos de Chacras ♥


23 de mayo de 2019
Viaje sin fin hacia el Cañón del Atuel

Antes de empezar con el relato del día, permítanme sugerirles lo siguiente: ni se les ocurra hacer la excursión al Cañón del Atuel desde la ciudad de Mendoza. Es hermoso, pero es un viaje ETERNO, para una excursión que, en tiempo, no es tan larga. Lo ideal sería alojarse unos días en San Rafael, (para, de paso, poder conocer la ciudad, que parecía muy linda pero sólo la vimos de pasada y arriba del micro), y desde ahí ir al Cañón, al Nihuil, Valle Grande y alrededores.

Después de levantarme tempranísimo, porque el pick up era de 7 a 7.30, y esperar una hora sentada como una pelotuda en el lobby (me pasaron a buscar 8.05), partí hacia el Cañón del Atuel, terriblemente enculada. Los que me conocen bien lo saben: tengo una tolerancia nula para la ineficiencia y la impuntualidad, y esto fue el puto colmo de ambas, coronado por el hecho de que el guía es el mismo pelotudo del city tour (si lo vuelvo a escuchar hablar en inglés, me tiro al precipicio), y de que, a modo de explicación, me dijo "Y viste amiga cómo es esto, son muchos hoteles".
El viaje es largo como años de tormento (?), y se hizo denso porque no iba del lado de la ventanilla para poder mirar bien los paisajes, y porque el guía no se callaba nunca, pero lo que decía tampoco era muy interesante.
El clima estuvo soleado, pero muy frío. A las 9.30 y con el sol brillando, aún había escarcha. Para que se den una idea del nivel de fresca que hacía, cuando hicimos la primer parada en una estación del servicio me tuve que poner una calza abajo del pantalón, yo, que salgo en pleno invierno platense con pollera, medias de lycra y stilettos.
Seguimos en combi eternamente hasta que llegamos a San Rafael. Obviamente lo único que hicimos ahí fue dar la vuelta al perro sin poder bajar del transporte. Una bronca que ni les cuento, porque por lo poco que vi (y lo que me habían contado) la ciudad es lindísima. Para este entonces, ya estaba deseando no haber contratado la excursión directamente (spoiler alert: después lo pasé bien).
Un corto tramo más en micro y llegamos a Valle Grande. Paramos en Saint Joseph, un complejo  en donde se puede comer, comprar cosas y contratar actividades de turismo aventura. Después de comerme un regio vacipan, elegí mi actividad: paseo en catamarán por el embalse de Valle Grande (por tirolesa que se tire tu vieja). El paseo estuvo hermoso, con unas vistas increíbles y muy buena data que nos contó Carlos, nuestro guía de catamarán. Para llegar al dique (y luego para salir) había una escalera tallada en la piedra, muy larga e irregular, así que cuenta como turismo aventura.


Desde el catamarán

Aventurera

Una vez finalizados los deportes de alto riesgo (?), volvimos al micro para comenzar el recorrido por el Cañón del Atuel propiamente dicho. Nosotros lo hicimos "desde abajo", al revés de como se suele hacer, es decir, empezando por Valle Grande y terminando en el Nihuil. Y por qué? Bueno, porque si hubiésemos llegado directamente al Nihuil, no hubiésemos podido hacer el recorrido; el camino estaba muy barroso por el temporal que había habido el día anterior, y las dos o tres horas de sol "extras" que esperamos fueron clave para poder recorrerlo. Posta que me moría si después de semejante cantidad de horas de culo - micro, no podía ver el cañón desde adentro...
El recorrido se hace, como dije, en micro, por el camino que une las cuatro centrales hidroeléctricas que hay sobre el río Atuel. Se para dos o tres veces, en miradores, desde donde se pueden ver "geoformas".

El "submarino", en el embalse de Valle Grande

La del submarino, vaya y pase, tiene su lógica; pero después paramos el un lugar en donde se podía ver el "museo de cera", que se supone contiene varias geoformas. Yo no vi absolutamente nada, o me falta imaginación, o me falta droga, pero ante la pregunta "Qué ven ahí?" mi respuesta era, invariablemente, "Piedras".
Creo que paramos unas tres veces, la última en el embalse del Nihuil, con vista al Cerro Nevado (a todo esto, necesito hacer mención de que la simple vista de montañas nevadas me hacen pensar inmediatamente en chocolate. Milka y Toblerone me lavaron el cerebro).

El Cerro Nevado

Después de esa última parada con vistas, ya arrancamos la vuelta que fue fucking eterna, casi cuatro horas de viaje, contando un par de paradas técnicas para ir al baño. Para colmo, en la última hora de viaje, el guía y el conductor decidieron amenizar el trayecto con una selección de música del estilo "Dame fuego", "La facha es lo de menos, vos sos un gordo bueno", "El negro no puede" y "El que no baila es un aburrido", y exclamando "Ahhh, mejor música que ésta no hay". No, claro , Dark Side of the Moon es una cadorcha al lado del disco del Negro Olmedo y los Manosanta...
Llegué al hotel a las 22 agotada, con más ganas de bañarme que de respirar.

Continuará.