15 de diciembre de 2015

Morrissey @Teatro Ópera

A.K.A. "Una de las mejores noches de mi vida".

El pasado miércoles 9 de diciembre fui a ver al señor Steven Patrick Morrissey (a quién, no es ninguna novedad, amo con locura cuasi adolescente) al Teatro Ópera, en Buenos Aires. Tenía toda la intención de escribir este post el mismo día al llegar del show, o al día siguiente, pero la catarata de emociones era tal que no me salía una redacción medianamente coherente.

Por empezar, lo vi entrando al teatro, y me pasó a, no sé, un metro como mucho! Taquicardia. Temblor de manos. Fue surreal.

Hola, hermoso señor.

Después de una espera que se hizo bastante larga, y en mi muy buena ubicación de la fila 8, a las 21.30 salió ÉL, y ya de entrada sacó las big guns: los dos primeros temas fueron Suedehead y Alma matters. Overkill. Su voz, perfecta.

Cómo no amarlo. Mírenlo.

Siguió con Speedway (tema que no puedo dejar de cantar mentalmente desde hace una semana), que incluyó rotación de puestos de toda la banda, con Moz en panderetas.


El setlist siguió con Ganglord, Kiss me a lot (bueno, vení) y World peace is none of your business.

Con una bandera francesa proyectada en la pantalla de fondo, cantó I'm throwing my arms around Paris y, les juro, fue más de lo que mi corazón podía soportar. Ya sabía que iba a escucharla porque la venía haciendo en todos los shows (y por los recientes atentados en Paris), pero ni aún así estaba preparada. Es uno de mis temas favoritos de Morrissey, que descubrí en un momento en el que la letra describía exactamente lo que me estaba pasando (y tres meses después, efectivamente, I threw my arms around Paris).


Siguió con How soon is now?, un delirio; First of the gang to die (las ganas locas de pararme en la butaca y saltar!), Istanbul y One of our own.

Más o menos por la mitad del show, no recuerdo exactamente en qué momento, cada uno de los músicos se presentó. Cuando le tocó el turno a Moz, lo hizo cantando "Morrissey, Morrissey, Morrissey" (y Leo García probablemente se meó encima de la emoción cuando se enteró).

Con Will & Kate de fondo, dijo unas palabras alusivas a la situación actual de UK, para rematar diciendo "The world is full of crashing bores", y cantándola, y yo muriendo porque es una de las canciones más hermosas de Moz.


Después fue el turno de Will never marry, Jack the Ripper y Oboe concerto (la que menos me gusta del último disco, debo reconocer).

Every day is like Sunday, un himno que no podía faltar, The bullfighter dies y una versión maravillosa de Yes, I am blind, y a esta altura creo que ya estaba en completo estado de shock.

Siguieron I will see you in far-off places, y Meat is murder (con proyecciones de fondo de mataderos de animales para consumo, que te hacen plantear seriamente no comer un churrasco más en toda tu vida...).

Previo cambio de camisa (por una que sería revoleada al público), el golpe de gracia de la noche: Let me kiss you, y ya no había Kleenex que aguante.

But my heart is open, my heart is open to you ♪

Luego del saludo de rigor, todos volvieron a salir y cerró con The Queen is dead.

Y así terminó el show, y pese a que hubiera querido escuchar muchos otros temas, me fui con la sensación de que vi, escuché y sentí todo lo que esperaba, y un poco más.

And now my heart is full.

20 de octubre de 2015

Muse o Mute?

Por Ana Mancuso*

"... aún sordo, tocó con tal originalidad, sensibilidad y expresión, que claramente lo destacaban frente a otros pianistas... Fue emocionante ver a un artista cuya ejecución conmovió tanto al público, sabedor de que ninguno de los sonidos que obtenía del instrumento podría jamás penetrar su alma..."

Esta mañana me encontré en un libro que estoy leyendo sobre las relaciones entre el cerebro y la música con esta cita. El autor se refiere a Bedrich Smetana, un compositor del siglo 19, de Bohemia, Imperio Austrohúngaro, actualmente República Checa. La crónica habla de este señor a quien se lo convenció de tocar el piano en un concierto en su honor a sus 56 años, cuando ya estaba casi completamente sordo. Leer ese pedacito e imaginarme que una persona amante de la música perdiera la capacidad de escucharla me causó tanta angustia que me dolió y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Esta introducción es para que se entienda exactamente desde dónde hablo cuando digo que lo de concierto del sábado de Muse me causó dolor, tristeza, angustia, bronca.

Si durante meses esperás un concierto de una banda que te encanta y que tiene todo para dar un show que se quede en tu memoria (y en la de todas las personas con las que hablás la semana posterior, porque les limás la cabeza contándole lo bueno que estuvo), pero cuando estás en el lugar te encontrás con que los temas suenan mejor en tu celular que en el predio, la decepción no es grande, es enorme.

Y ojo que no estoy hablando de "se escuchó un poquito bajo". No. No estoy hablando de un gap de 10 centímetros entre lo esperado y lo obtenido. Estoy hablando de una brecha de kilómetros.

Se habló de la cantidad de gente, del factor del viento, y de no sé cuántas cosas más. Excusas todas para tapar el hecho de que en el campo trasero (y digo trasero, no común en oposición a VIP, porque el supuesto campo VIP ocupaba poco menos de la mitad del espacio) no había un fucking parlante. Ni uno. La "torre de sonido"? estaba dentro del supuesto campo VIP y les puedo asegurar que de ahí podía salir cualquier cosa menos sonido. 

Pero ni siquiera fue solo un tema de volumen, porque muchísima gente que estaba cerca, que estaba en el campo VIP también escuchó pésimo. Perdón, me corrijo, no pésimo, COMO EL ORTO. Y disculpen la efusividad y el exabrupto en un blog en el que juego de invitada, pero es que con la música esto no se hace. Había momentos en que los solos de guitarra de Matt brillaban por su ausencia, mientras vos veías que el tipo se estaba casi contorsionando en el escenario mientras le daba a su guitarra, y entonces te terminabas preguntando si habías ido a ver a Muse o un show de mimo. Había otros momentos en que la voz de Matt quedaba por debajo de las back vocals del bajista, momentos en que el bajo no se escuchaba (el bajo no se escuchaba! Se entiende? EL BAJO! Que es pieza clave en muchos tema de la banda), u otros en los que tenías la sensación de estar escuchando un poco producido demo o la canción que más te gusta sonando en la radio del vecino...

En cambio, lo que si se escuchó muy bien fueron los gritos y puteadas pidiendo por el volumen, lo triste de las débiles palmas en Starlight (momento que en los shows de Muse suele ser una fiesta), lo despacito que la gente coreaba una canción (no sé si por falta de emoción o porque si cantaban más fuerte no escuchaban a la banda), los pocos aplausos, los silbidos y los comentarios de indignación.

Triste. Excesivamente decepcionante y triste.

Lo bueno del caso es que esta vez, parece que nos cansamos. Y hay mucha gente que está tratando de organizarse para reclamar seriamente a la productora que (mal) organizó este evento. Para el que haya estado en el show y le interese, pueden enterarse de pasos a seguir por acá.

A mi honestamente no me interesa la plata, no soy parte de esta acción por 800, 1.000 o 1.500 pesos. Mi participación tiene que ver con que no quiero más irme de un recital, que para mí es un evento lleno de emociones de todo tipo, amargada porque un forro no quiso poner un par de parlantes. No quiero más estar en frente de una banda que me encanta, y desear que se vayan y dejen de tocar porque escuchar sus canciones de esa manera paupérrima me hace sufrir. No quiero más escuchar a una amiga, al borde de su resignación, diciendo "Y bueno, la próxima ya sabemos que tenemos que ir al VIP". NO, no tiene que haber una próxima así, en la que yo me vaya al VIP, pero otras 10.000 personas a las que comprar un ticket les costó mucho se vayan igual de amargadas que yo este sábado.

Con la música y con lo que ella nos provoca, no se jode. Que lo entiendan de una vez.


* Ana es, como ya saben los cuatro gatos locos que leen este blog, mi hermana. El 17 de octubre de 2015 fuimos juntas al decepcionante show de Muse en el Complejo al Río, en Vicente López.

15 de octubre de 2015

Vacaciones 2015 en Cuba - La Habana (II)

Mi último día en Cuba lo pasé en La Habana: desde que llegamos desdeel Cayo, a eso de las 20.30, hasta el día siguiente, que salí para el aeropuerto a las 14 hs.

Me instalé en el hotel, y después de ocuparme de un par de cuestiones administrativas salí a recorrer: fui para el lado del Paseo del Prado, que es potencialmente lindo, pero está poco iluminado y desaprovechado, y caminé por ahí hasta el Malecón. La idea era ver el Malecón de noche, caminarlo un rato, y buscar el restaurant ruso donde trabaja Fidel (no el Comandante, sino el amigo que me hice en la fiesta de la playa).

Ba ba bacardi ♫

Paseo del Prado. Ponele que enfoqué.

Malecón.

Palacio de los Matrimonios.

Mientras caminaba por el Paseo del Prado los lugareños estaban peor que los mosquitos en el Cayo, OMG. Y lo mismo por el Malecón. Había uno que me perseguía, que me hizo anotar su mail, y que preguntó una docena de veces por qué no quería companía... entre la insistencia de los locales, lo mal iluminado que estaba y el olor que había, mi recorrida por ahí no duró mucho más que un par de cuadras. Me imaginaba algo completamente distinto.

La pena de estas cosas es lo mal aprovechados que están esos lugares que podrían ser espectaculares. Falta iluminación y limpieza. No vi un solo tacho de basura en toda la Habana Vieja.

Encontré el restaurant de Fidel, pero no estaba trabajando ese día; así que volví por el Paseo del Prado, llegué hasta el Hotel Inglaterra, y cené en su terraza, que está abierta al público y es muy linda. Desde ahí se ve el teatro iluminado, muy bello. Había un grupo de música (parecían umbandas cubanos) que medio no me copaba, pero bueno.

Desde la terraza.

Después de cenar me volví para el hotel, con varias propuestas más de matrimonio por el camino, y dejé la valija lista.

Al día siguiente, me levanté temprano para bañarme, desayunar y salir a recorrer por última vez. Llegué hasta el edificio Bacardí, porque desconfiaba del sujeto que el primer día me dijo que no se podía subir. Y lo bien que hice: si bien es cierto que ya no hay un bar, ni nada turístico (de hecho, son oficinas estatales), se puede subir a la torre, previo pago de un CUC, y hacia allí fui, acompañada por el de seguridad, que también actuó como cobrador. Obviamente yo era la única loca que había querido subir. El último piso, y las escaleritas de caracol que llevan a la torre propiamente dicha están destruidos, no sé si en proceso de reparación o qué porque hay bolsas de materiales por todos lados. Se nota que en sus años mozos (?) ha sido un edificio muy lindo. Ya que estaba, le pregunté al guardia por qué no hay ron Bacardí en Cuba, y me contó. Así que terminó actuando también de pseudo guía turístico.


Vista desde el Edificio Bacardí.

Teatro García Lorca.

El cliché.

Palacio Presidencial (Museo de la Revolución) visto desde mi hotel.

Bar Patio Sevillano.

La vista desde arriba es muy buena, pero el estado del mirador es lamentable, me dio una pena tremenda. Así y todo pude ver bastante; vi mi hotel, el Palacio Presidencial, el mar y el faro. Al bajar, caminé un poco más, y ya después volví al hotel, me di otra ducha porque CALOR, y me quedé haciendo tiempo en el lobby hasta que me pasaron a buscar; y así terminaron mis aventuras en Cuba.

5 de octubre de 2015

Qué te pasa?

Creo que ya he dicho esto hasta el cansancio, pero "Qué te pasa?" (o su equivalente "Te pasa algo?") es una de las preguntas que más detesto y más me incomoda; ante esta pregunta, hay dos posibilidades:

1. No me pasa nada. La respuesta es: "Nada".

2. Me pasa algo, que claramente no se me cantó el culo compartir con el Universo, o con la persona que está preguntando, al menos. La respuesta es: "Nada".

En ninguno de los dos casos es buena idea insistir con "No, porque te noto rara", y pelotudeces del estilo. El segundo "Nada" va a venir acompañado de una tremebunda cara de orto.

A veces, la gente no quiere hablar. Aprendan a respetarlo. 

27 de septiembre de 2015

Vacaciones 2015 en Cuba - Cayo Santa María: fifty shades of turquoise

Retomando desde el post anterior, así siguieron mis vacaciones:

mi tercer día en Cuba comenzó con el traslado hacia el Cayo Santa María, A.K.A. "la playa". Elegí viajar por tierra, así que fueron unas cuantas horas, pero el viaje no se me hizo para nada largo, porque fui escuchando música, mirando los paisajes, y además paramos en el camino. Comprar pelotudeces artesanales siempre resulta un buen entretenimiento.

No esperaba soprenderme mucho con las playas, porque ya había conocido el Caribe; pero llegando al Cayo, la ruta corre por el mar (por el mar, boludo, POR EL MAAAAR!), y ver el agua pasar de un azul hermoso a mil tonalidades de turquesa mientras la atravesábamos ciertamente fue algo que no me veía venir.


Me alojé en el Meliá Las Dunas, que es muy grande, lindo, y sobre todo, MUY GRANDE. Esta es una imagen de Google Earth:


De punta a punta, el hotel tiene casi diez cuadras, y no estoy exagerando: me lo dijo Google Maps. Yo estaba en donde está la cruz roja, el 1 era mi bajada a la playa más cercana, el 2 el desayunador, el 3 el lobby, el 4 la zona de restaurants y el 5 la pileta de adultos. Ahora bien, quien les escribe es una pelotuda importante que, viviendo desde que nació en una ciudad cuadradita, cuyas calles tienen números, ha logrado perderse a 3 (TRES) cuadras de su propia casa, al punto de tener que abrir Google maps en el teléfono para ver en dónde mierda estaba (me metí por un diagonal para "cortar camino" y me perdí. Sí, lo sé.) 

Imagínense que nunca lograba ir en línea recta, o por el camino más corto, a ningún lado, excepto a la playa, un poco porque siento el llamado del mar (?) y otro poco porque estaba ahí nomás, y bien señalizado.

Visto así parece fácil, pero les juro que hay mucho caminito y recoveco, todo lleno de vegetación (la tipa flasheó laberinto), y no es fácil. O sea: si algo hice en estas vacaciones, fue caminar, y perderme en el hotel como una campeona. Cuando era posible, caminaba por la playa, y subía al hotel por la pasarela que me dejara más cerca de donde necesitaba ir.

En fin, llegué al hotel, hice el check in, me pusieron la pulserita, y me fui para la habitación. La exploré un poco, saqué algunas cosas de la valija (más que nada para encontrar la malla), y por esas putas cosas de la vida, se me da por abrir el agua caliente. Ggggsssssshhhshssss. Nada. Ni una gota. Al grito de "Cuba, me estás cargando? Me cago en Fidel!", llamé a recepción para informar el inconveniente, lo más calmadamente que pude. Me dijeron que me mandaban el técnico y yo, ya hinchada las pelotas de la caribeña isla con capacidades de agua caliente diferentes, me fui a la playa, porque minuto de playa que se pierde, no se recupera. Y todo el carajo se me esfumó de golpe al ver esto:

Te amo, Mar Caribe.

Esa noche, luego de una serie de inconvenientes administrativos más, tales como que no me avisaron que la reserva para los restaurants de la cena cerraba 16.30, se me desmagnetizó la llave de la habitación y se rompió el teléfono (cosas todas sobre las cuales me explayaré en mi review del hotel en Tripadvisor, no acá), me bañé y cambié, y me fui a cenar al buffet. Entro al salón, y estaban todos vestidos con poco más que ojotas y mallas. Yo lucía así:

Overdressed forever.

En fin, por ahí el buffet no daba para taaanta producción (pero los otros restaurants sí, y rara vez vi a alguien bien vestido el resto de las noches ¬¬ ).

El segundo día, luego del desayuno, me ocupé de asuntos administrativos varios, tales como las reservas para las cenas de todas las noches restantes, cambio de moneda y coordinación con la gente que me trasladaría de vuelta a La Habana cuando llegara el (horrible) momento de partir. Ya que estaba, ahí mismo contraté una excursión en catamarán a unos "cayos vírgenes" y al delfinario.

Terminado con todo esto, me fui para la playa, y al mediodía fui a explorar el sector de la pileta de adultos, y su snack bar, tranquilo e ideal para leer mientras picaba algo y esperaba a que pase el violento sol del mediodía, porque CASPER.

Así nomás, el mar...

El resto de la tarde transcurrió entre mar, lagarteo al sol y exploración del hotel (más que nada para no perderme cuando tuviera que ir a cenar), y así me enteré de que esa noche había fiesta en la playa,

Como no habían solucionado el temita del agua caliente, me bañé con agua fría, puteando a Fidel Castro y a todos sus ancestros, y me fui al lobby a tomar algo, y luego a cenar al restó italiano. Al llegar al postre, una cierta salsa de chocolate se cayó sobre un cierto vestido blanco, y cierta pelotuda semiebria tuvo que ir a su habitación a lavar la mancha, volver a ponerse el vestido, dejar los tacos y salir en ojotas (pero ojotas doradas, ojo), rumbo a la fiesta en la playa. Ahí conocí a un local, que se llamaba Fidel, así que fue una especie de intercambio cultural, bien regado por gin & tonic.

Las olas y el viento. Más que nada, el viento.

Al día siguiente, debido a la fiesta de la noche anterior (y a la gran cantidad de alcohol en el torrente sanguíneo) me levanté un poco más tarde: a las 7. Ustedes dirán: "Esta marsopa, que rara vez se levanta antes del mediodía los fines de semana, se va de vacaciones a madrugar?". Pues sí, pero no lo hago porque me lo proponga, sino porque me despierto sola. Amanece y me despierto sola, y me levanto porque sé que HAY PLAYA. Y hacia allí me fui, luego del desayuno,

Como no había una gota de viento, salieron a navegar los pequeños catamaranes a vela, y yo anduve en uno. Pura adrenalina. Ponele.

Luego de una tarde de mar, lectura, sol y lagarteo en general, me llegué hasta el "pueblo" Las Dunas (que es más bien una placita con tres boludeces alrededor), con la intención de explorar, pero no encontré mucho: hasta el kiosquito estaba cerrado, parece que a las 5 de la tarde se van todos.

Camino a Las Dunas

A la noche tenía reserva en el restaurant francés (y una cita con la barra del lobby, mi lugar de paso obligado antes de la cena para un gin & tonic "con Tanqueray, por favor") Por supuesto, me perdí tratando de encontrarlo, y para colmo preguntaba por el restaurant "Romeo y Julieta", que en realidad se llamaba "Isabel y Fernando". Finalmente lo encontré, y era hermoso. Esperé 5 minutos a que me dieran mi mesa, mientras escuchaba la música que venía del salón: piano y trompeta, un ambiente íntimo, muy lindo. Cuando me sientan, al toque viene un mozo y me pregunta si quería estar "más cerca de la música", y me sienta en otra mesa, casi al lado de los músicos. La comida también muy rica. Me hizo extrañar Paris, jodido, sobre todo cuando atacaron "La vie en rose".


El cuarto día en el Cayo me fui de excursión; me pasaron a buscar por el hotel para ir a la marina de Cayo Santa María, que está ahí nomás, y desde ahí zarpamos (?). Paramos primero en un sector para hacer snorkel (era muy profundo, y los corales picaban como aguas vivas, nos dijeron, así que no me metí; me quedé charlando con una chica argentina que estaba con el marido); luego un poco más de navegación y llegamos al delfinario. Ahí vimos el show, y luego hicimos la interacción, en un tipo piletón con una plataforma; los delfines son MUY suavecitos, toqué a uno y me dio un "beso", una experiencia realmente asquerosa :P

Almorzamos ahí mismo, y más tarde fuimos para la parte de la "playa virgen", que era en realidad un banco de arena entre manglares. Bajamos del barco y el agua nos llegaba a la cintura, nadaban pececitos alrededor, y el agua tibia, muy lindo. Volvimos a subir, izamos las velas y pusimos rumbo de vuelta a la marina, a vela, para disfrutar más el paseo.


Llegué al hotel a eso de las 5, y me fui para la playa un rato, porque eso es lo que uno hace cuando tiene el mar Caribe a pocos pasos.

La cena de la noche fue en el restó mexicano, que está ambientado como si fuera un patio, muy lindo.

Viva México, cabrones.

Al día siguiente llegué más temprano a la playa, a eso de las 8. La gente empezó a caer a eso de las 10, así que por casi dos horas tuve la playa desierta, sólo para mí. Hermoso. Fue un día de mar intensivo, además del usual lagarteo al sol y lectura, y paseo en catamarán a vela. También enganché a los artesanos en el pueblito Las Dunas.

Toda para mí.

Más tarde, tragos en el lobby, cena en el restó asiático y a dormir.

Mi vestido de dragones, porque tenía que vestirme acorde (?)

Mi sexto (y último entero) día en el Cayo me levanté temprano para volver a aprovechar la playa casi desierta, y lo bien que hice: a eso de las 11 se empezó a nublar un poco, para las 11.30 la cosa pintaba bastante fulera, y a eso de las 12, camino al lobby, ya estaba putéandome mentalmente por no haber puesto los pasaportes en una ziploc como decía el instructivo "En caso de huracanes" del hotel. Sí, la exageración es lo mío. Ya en el lobby, escuchando los truenos y con un diluvio IMPORTANTE, me pedí un té y me senté a leer, esperando que algún carrito me llevara a la habitación. A los veinte minutos, contados por reloj, no sólo dejó de llover, sino que se despejó todo y nadie hubiera dicho que dos minutos antes estaba diluviando. Una locura. Día de playa NOT DEAD, me volví al sol y al mar como si nada hubiera pasado, y volví a salir en catamarán a vela.



Para la cena repetí el restó italiano, y esta vez no me tiré la salsa de chocolate encima, punto para mí (?). También me despedí del bar del lobby, snif.

Mi última mañana en el cayo aproveché en la playa desde bien temprano, sacando fotos, chapoteando en el mar y lagarteando al sol, porque a las 12 era el checkout, así que tenía que volver a la habitación a bañarme y ultimar detalles de la partida.


Salimos del hotel a las 14.30, El viaje estuvo ameno, leí casi todo el tiempo, hicimos tres paradas, la primera de las cuales fue en Santa Clara, para ver el Monumento al Che, pero solo un ratito (no pudimos entrar al mausoleo), y las otras para comprar artesanías y refrigerios.


Llegué al hotel a eso de las 20.30, y así terminó mi estadía en la playa.

5 de julio de 2015

Vacaciones 2015 en Cuba - La Habana (I)

Estimados lectores, el mes pasado me fui de vacaciones a Cuba. Estuve en La Habana, y en el Cayo Santa María.

De La Habana sólo pude recorrer la parte de la Habana Vieja, por una cuestión de tiempo (estuve una noche y un día entero cuando llegué, y una noche y la mañana siguiente, antes de irme). En esa zona van a encontrar dos cosas: edificios de la época colonial, y construcciones más "nuevas", y por nuevas me estoy refiriendo a construcciones de principios del siglo XX (ponele, porque tampoco me fijé en qué año se construyó cada cosa, yo soy más de contarte que había "una pila de edificios del año del pedo", y mostrarte fotos). También van a encontrar un enjambre de cubanos dispuestos a ofrecerles desde un tour por la ciudad hasta matrimonio. No es joda. Los locales son muy... charladores, digamos, porque no quiero utilizar la expresión "pesados como vaca en brazos", pero tampoco estaría muy lejos de la realidad. Ni hablar si ustedes viajan solos, como yours truly; la cantidad de veces que tuve que responderle a cubanos con los ojos desorbitados que sí, que viajaba sola; que sí, me gusta hacerlo; que no, no siempre es necesario estar con alguien; y que no, no me quiero casar con vos, LEAVE ME THE FUCK ALONE, no les puedo explicar.

Salí de mi casa el lunes 15 a la 1 am. Llegué al hotel de La Habana el mismo día a las 19.30, aproximadamente. Para ese entonces, no sólo tenía un largo viaje encima, con una conexión en Lima, sino que llevaba casi 30 hs sin dormir como corresponde. Les cuento esto para que se imaginen las ganas locas que tenía de ducharme y relajarme cuando llegué.

El hotel (me alojé en el Mercure Sevilla), es antiguo. Y cuando digo "antiguo", me refiero a que Al Capone se alojaba ahí #TrueStory. Está muy bien ubicado, y el lobby es hermoso, pero tiene unos cuantos inconvenientes, y desde ya que sus 4 estrellas no son tales. No me voy a explayar acá, porque ya dejé mi review en Tripadvisor; baste decir que desde que llegué hasta que finalmente me pude instalar y bañar, pasaron dos horas y media, y pasé por tres habitaciones distintas.

Tratando de manejar el carajo que tenía a esa altura (pero sin lograrlo demasiado), me cambié y bajé a ver qué onda. Como ya era tarde, me quedé dentro del hotel, en el bar Patio Sevillano, tomando algo y escuchando música en vivo, y ahí sí me cambió el humor.


Bar Patio Sevillano.


Parte del enorme lobby.


Miau.

Al otro día, ya descansada, me levanté bien temprano para empezar la jornada de excursión y aventura (bueh). Antes de salir, fui a mi "desayuno especial" en el noveno piso, que me habían dado en compensación por los inconvenientes del día anterior. El restaurant del noveno piso es más lindo que el buffet de planta baja, y más tranquilo, además de tener buenas vistas de la ciudad.



Desde el noveno piso del hotel: Paseo del Prado, Malecón y Faro.

Salí del hotel a eso de las 8.30, y no había caminado ni media cuadra, que ya me empezaron a interceptar los locales: que fuera a comer acá, que fuera a bailar allá, y que si quería comprar habanos, aproveche a hacerlo en las "cooperativas", en donde una vez al mes están más baratos por disposición de Raúl Castro (?), y JUSTO ese era el día. A propósito de esto, les aviso por si alguna vez van a Cuba: NUNCA compren habanos fuera de las tiendas oficiales, y siempre pidan la factura. Los que les venden el la calle, o en las "cooperativas" no son originales, y la calidad es inferior. Prácticamente todos los que me interceptaron en la calle me los ofrecieron, y son bastante insistentes. Si quieren sacárselos rápido de encima, digan que no tenían pensado comprar, o que ya lo hicieron. También hay muchos que ofrecen sus servicios de guías, tanto a pie como en bicitaxis, o cocotaxis. Y son igualmente insistentes.

Luego de varias propuestas turísticas, comerciales y matrimoniales, me encaminé rumbo a la plaza de la Catedral. Cabe aclarar que todo está muy cerca y se puede hacer caminando. No había un alma por ningún lado: La Habana Vieja amanece pasadas las 10.30. Tanto los negocios como los puestos de artesanías y mercadillos de libros abren alrededor de las 11. La Catedral abre cuando (y si) se le canta el culo, al parecer, porque ese día estuvo cerrada todo el tiempo. Y los museos tienen horarios de apertura variables. Eso no me preocupaba, porque el único museo al que me interesaba entrar estaba al final de mi recorrido: el Museo del Ron Havana Club. También pasé por la famosa Bodeguita del Medio: cerrada. Y, todo bien, pero tiene pinta de sucucho.

De la plaza de la Catedral me fui a la Plaza de Armas, Plaza de San Francisco de Asís y Plaza Vieja, alrededor de cada una de las cuales había varios edificios de la época de la colonia: palacios de antiguos nobles, el Castillo de la Real Fuerza, Palacio de los Capitanes Generales; y también la Lonja de Comercio, entre otras cosas.


Catedral.

Antigua Casa de Baños, hoy tienda de artesanías.

Casa del Conde de Casa Bayona, actualmente un Museo de arte colonial.

Oficina del Historiador de la ciudad. Los adoquines de esa calle que se ve son de madera.

Plaza Vieja.

Fuente de los leones en la Plaza de San Francisco de Asís.

Cerca de las 11 llegué al Museo del Ron Havana Club, e hice la visita guiada, que es interesante, y abarca desde los orígenes de las plantaciones de caña de azúcar, hasta cómo se fabrica el ron. El recorrido termina, por supuesto, en el bar del museo. No sé si tomar ron puro, a temperatura ambiente, a las 11.30 am en un día de unos 36°C es buena idea, pero "allí donde fueres, haz lo que vieres", así que bottoms up. Por supuesto, la visita no está completa sin pasar por la tienda.


Maqueta de un ingenio azucarero, con todo y su trencito que daba vueltas.



Desde ahí arranqué la vuelta para el punto de partida, pero por la calle Obispo, donde hay negocios y un lugar tipo feria de artesanías, y pasé por el otro famoso reducto, El Floridita. Entré con toda la intención de reservar para cenar a la noche, pero ya no había lugar (ni para esa noche, ni para el resto de la semana. Ok...). Luego de una entrada a boxes en el hotel para dejar las compras, darme una ducha y cambiarme la ropa, porque el calor era tremendo, seguí con mi mini city tour, y fui para el lado del Museo de la Revolución (que me interesaba, más que nada, por el edificio, y no tanto por su contenido). Al terminar, pensaba visitar el Capitolio, el teatro García Lorca y la fábrica de tabaco Partagás, pero todo estaba cerrado por restauración, así que caminé por el Paseo del Prado (que en realidad se llama Paseo de Martí), y llegué hasta el Malecón, en donde me senté un rato a descansar, ver el mar y ser acosada por más locales con ganas de charlar y/o encararme (uno de los cuales me explicó, con lujo de detalles, por qué la selección argentina de fútbol no andaba bien, y cómo la formaría él. Un-fucking-believable).

Antiguo Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución.


Vista de la calle desde el Museo.

Camilo y el Che.

Paseo del Prado


Teatro García Lorca.

Capitolio.

Malecón.

Muerta de cansancio y calor, volví al hotel pasadas las 6 de la tarde. Esa noche cené en el noveno piso y me fui a dormir, porque al otro día salía temprano para el Cayo, y así terminó mi primer tramo del viaje.