12 de enero de 2015

El incesante tormento de la actividad física

Siempre me resultó muy difícil de entender el gusto de mucha gente por la actividad física. Van a spinning, a kangoo, a zumba, a cross fit, a body pump, boxing mix y quién sabe qué cantidad de chorradas más. O nadan, corren, andan en patines, en bici. "Es maravilloso, liberador, las endorfinas, blah blah bla!".

A mí no me gusta. No quiero llegar a decir que lo odio, pero no me gusta ni un poco. Y si bien lo hago, de manera intermitente, desde hace más de veinte años, es por pura obligación, por culpa si no lo hago, porque tengo que.

Cada vez que digo esto, caen los amantes del deporte más arriba mencionados, explicándome que "lo que pasa es que tenés que encontrar algo que REALMENTE te guste hacer. Y ahí, vas a ver como no querés dejar pasar ni un día sin hacerlo!"

Ya probé de todo, créanme: clases de gimnasia comunes y corrientes, aero local, step, tae-bo, spinning, aparatos, Pilates... lo suficiente como para saber que, en realidad, lo que a mí REALMENTE me gusta hacer es quedarme tirada en casa con un buen libro, o una buena pila de libros, leyendo hasta que miro el reloj un martes y digo "pero la puta madre, cómo que ya son las tres de la mañana?! Y bueh, un capítulo más, total, si me desvelé hasta esta hora, un rato más no me hace nada." Y no me sugieran yoga, danzas ni ningún tipo de actividad "alternativa". NO. ME. GUSTA.

El problema de siempre es que los kilos se apilan. El nuevo problema es que los años se apilan. Entonces, no queda otra que largar el libro y obligarme a hacer algo. Y, dado que Pilates está cerrado en enero, estoy yendo a caminar o correr, más o menos todos los días. 

Y así es como, a las 19.30, con una térmica de 32.5 C°, me estoy por vestir para salir a caminar. Y necesitaba al menos un desahogo. Necesitaba manifestar que no quiero hacerlo, pero voy a.

Ya van a ver cuando el pantalón blanco me vuelva a entrar ='(