27 de septiembre de 2015

Vacaciones 2015 en Cuba - Cayo Santa María: fifty shades of turquoise

Retomando desde el post anterior, así siguieron mis vacaciones:

mi tercer día en Cuba comenzó con el traslado hacia el Cayo Santa María, A.K.A. "la playa". Elegí viajar por tierra, así que fueron unas cuantas horas, pero el viaje no se me hizo para nada largo, porque fui escuchando música, mirando los paisajes, y además paramos en el camino. Comprar pelotudeces artesanales siempre resulta un buen entretenimiento.

No esperaba soprenderme mucho con las playas, porque ya había conocido el Caribe; pero llegando al Cayo, la ruta corre por el mar (por el mar, boludo, POR EL MAAAAR!), y ver el agua pasar de un azul hermoso a mil tonalidades de turquesa mientras la atravesábamos ciertamente fue algo que no me veía venir.


Me alojé en el Meliá Las Dunas, que es muy grande, lindo, y sobre todo, MUY GRANDE. Esta es una imagen de Google Earth:


De punta a punta, el hotel tiene casi diez cuadras, y no estoy exagerando: me lo dijo Google Maps. Yo estaba en donde está la cruz roja, el 1 era mi bajada a la playa más cercana, el 2 el desayunador, el 3 el lobby, el 4 la zona de restaurants y el 5 la pileta de adultos. Ahora bien, quien les escribe es una pelotuda importante que, viviendo desde que nació en una ciudad cuadradita, cuyas calles tienen números, ha logrado perderse a 3 (TRES) cuadras de su propia casa, al punto de tener que abrir Google maps en el teléfono para ver en dónde mierda estaba (me metí por un diagonal para "cortar camino" y me perdí. Sí, lo sé.) 

Imagínense que nunca lograba ir en línea recta, o por el camino más corto, a ningún lado, excepto a la playa, un poco porque siento el llamado del mar (?) y otro poco porque estaba ahí nomás, y bien señalizado.

Visto así parece fácil, pero les juro que hay mucho caminito y recoveco, todo lleno de vegetación (la tipa flasheó laberinto), y no es fácil. O sea: si algo hice en estas vacaciones, fue caminar, y perderme en el hotel como una campeona. Cuando era posible, caminaba por la playa, y subía al hotel por la pasarela que me dejara más cerca de donde necesitaba ir.

En fin, llegué al hotel, hice el check in, me pusieron la pulserita, y me fui para la habitación. La exploré un poco, saqué algunas cosas de la valija (más que nada para encontrar la malla), y por esas putas cosas de la vida, se me da por abrir el agua caliente. Ggggsssssshhhshssss. Nada. Ni una gota. Al grito de "Cuba, me estás cargando? Me cago en Fidel!", llamé a recepción para informar el inconveniente, lo más calmadamente que pude. Me dijeron que me mandaban el técnico y yo, ya hinchada las pelotas de la caribeña isla con capacidades de agua caliente diferentes, me fui a la playa, porque minuto de playa que se pierde, no se recupera. Y todo el carajo se me esfumó de golpe al ver esto:

Te amo, Mar Caribe.

Esa noche, luego de una serie de inconvenientes administrativos más, tales como que no me avisaron que la reserva para los restaurants de la cena cerraba 16.30, se me desmagnetizó la llave de la habitación y se rompió el teléfono (cosas todas sobre las cuales me explayaré en mi review del hotel en Tripadvisor, no acá), me bañé y cambié, y me fui a cenar al buffet. Entro al salón, y estaban todos vestidos con poco más que ojotas y mallas. Yo lucía así:

Overdressed forever.

En fin, por ahí el buffet no daba para taaanta producción (pero los otros restaurants sí, y rara vez vi a alguien bien vestido el resto de las noches ¬¬ ).

El segundo día, luego del desayuno, me ocupé de asuntos administrativos varios, tales como las reservas para las cenas de todas las noches restantes, cambio de moneda y coordinación con la gente que me trasladaría de vuelta a La Habana cuando llegara el (horrible) momento de partir. Ya que estaba, ahí mismo contraté una excursión en catamarán a unos "cayos vírgenes" y al delfinario.

Terminado con todo esto, me fui para la playa, y al mediodía fui a explorar el sector de la pileta de adultos, y su snack bar, tranquilo e ideal para leer mientras picaba algo y esperaba a que pase el violento sol del mediodía, porque CASPER.

Así nomás, el mar...

El resto de la tarde transcurrió entre mar, lagarteo al sol y exploración del hotel (más que nada para no perderme cuando tuviera que ir a cenar), y así me enteré de que esa noche había fiesta en la playa,

Como no habían solucionado el temita del agua caliente, me bañé con agua fría, puteando a Fidel Castro y a todos sus ancestros, y me fui al lobby a tomar algo, y luego a cenar al restó italiano. Al llegar al postre, una cierta salsa de chocolate se cayó sobre un cierto vestido blanco, y cierta pelotuda semiebria tuvo que ir a su habitación a lavar la mancha, volver a ponerse el vestido, dejar los tacos y salir en ojotas (pero ojotas doradas, ojo), rumbo a la fiesta en la playa. Ahí conocí a un local, que se llamaba Fidel, así que fue una especie de intercambio cultural, bien regado por gin & tonic.

Las olas y el viento. Más que nada, el viento.

Al día siguiente, debido a la fiesta de la noche anterior (y a la gran cantidad de alcohol en el torrente sanguíneo) me levanté un poco más tarde: a las 7. Ustedes dirán: "Esta marsopa, que rara vez se levanta antes del mediodía los fines de semana, se va de vacaciones a madrugar?". Pues sí, pero no lo hago porque me lo proponga, sino porque me despierto sola. Amanece y me despierto sola, y me levanto porque sé que HAY PLAYA. Y hacia allí me fui, luego del desayuno,

Como no había una gota de viento, salieron a navegar los pequeños catamaranes a vela, y yo anduve en uno. Pura adrenalina. Ponele.

Luego de una tarde de mar, lectura, sol y lagarteo en general, me llegué hasta el "pueblo" Las Dunas (que es más bien una placita con tres boludeces alrededor), con la intención de explorar, pero no encontré mucho: hasta el kiosquito estaba cerrado, parece que a las 5 de la tarde se van todos.

Camino a Las Dunas

A la noche tenía reserva en el restaurant francés (y una cita con la barra del lobby, mi lugar de paso obligado antes de la cena para un gin & tonic "con Tanqueray, por favor") Por supuesto, me perdí tratando de encontrarlo, y para colmo preguntaba por el restaurant "Romeo y Julieta", que en realidad se llamaba "Isabel y Fernando". Finalmente lo encontré, y era hermoso. Esperé 5 minutos a que me dieran mi mesa, mientras escuchaba la música que venía del salón: piano y trompeta, un ambiente íntimo, muy lindo. Cuando me sientan, al toque viene un mozo y me pregunta si quería estar "más cerca de la música", y me sienta en otra mesa, casi al lado de los músicos. La comida también muy rica. Me hizo extrañar Paris, jodido, sobre todo cuando atacaron "La vie en rose".


El cuarto día en el Cayo me fui de excursión; me pasaron a buscar por el hotel para ir a la marina de Cayo Santa María, que está ahí nomás, y desde ahí zarpamos (?). Paramos primero en un sector para hacer snorkel (era muy profundo, y los corales picaban como aguas vivas, nos dijeron, así que no me metí; me quedé charlando con una chica argentina que estaba con el marido); luego un poco más de navegación y llegamos al delfinario. Ahí vimos el show, y luego hicimos la interacción, en un tipo piletón con una plataforma; los delfines son MUY suavecitos, toqué a uno y me dio un "beso", una experiencia realmente asquerosa :P

Almorzamos ahí mismo, y más tarde fuimos para la parte de la "playa virgen", que era en realidad un banco de arena entre manglares. Bajamos del barco y el agua nos llegaba a la cintura, nadaban pececitos alrededor, y el agua tibia, muy lindo. Volvimos a subir, izamos las velas y pusimos rumbo de vuelta a la marina, a vela, para disfrutar más el paseo.


Llegué al hotel a eso de las 5, y me fui para la playa un rato, porque eso es lo que uno hace cuando tiene el mar Caribe a pocos pasos.

La cena de la noche fue en el restó mexicano, que está ambientado como si fuera un patio, muy lindo.

Viva México, cabrones.

Al día siguiente llegué más temprano a la playa, a eso de las 8. La gente empezó a caer a eso de las 10, así que por casi dos horas tuve la playa desierta, sólo para mí. Hermoso. Fue un día de mar intensivo, además del usual lagarteo al sol y lectura, y paseo en catamarán a vela. También enganché a los artesanos en el pueblito Las Dunas.

Toda para mí.

Más tarde, tragos en el lobby, cena en el restó asiático y a dormir.

Mi vestido de dragones, porque tenía que vestirme acorde (?)

Mi sexto (y último entero) día en el Cayo me levanté temprano para volver a aprovechar la playa casi desierta, y lo bien que hice: a eso de las 11 se empezó a nublar un poco, para las 11.30 la cosa pintaba bastante fulera, y a eso de las 12, camino al lobby, ya estaba putéandome mentalmente por no haber puesto los pasaportes en una ziploc como decía el instructivo "En caso de huracanes" del hotel. Sí, la exageración es lo mío. Ya en el lobby, escuchando los truenos y con un diluvio IMPORTANTE, me pedí un té y me senté a leer, esperando que algún carrito me llevara a la habitación. A los veinte minutos, contados por reloj, no sólo dejó de llover, sino que se despejó todo y nadie hubiera dicho que dos minutos antes estaba diluviando. Una locura. Día de playa NOT DEAD, me volví al sol y al mar como si nada hubiera pasado, y volví a salir en catamarán a vela.



Para la cena repetí el restó italiano, y esta vez no me tiré la salsa de chocolate encima, punto para mí (?). También me despedí del bar del lobby, snif.

Mi última mañana en el cayo aproveché en la playa desde bien temprano, sacando fotos, chapoteando en el mar y lagarteando al sol, porque a las 12 era el checkout, así que tenía que volver a la habitación a bañarme y ultimar detalles de la partida.


Salimos del hotel a las 14.30, El viaje estuvo ameno, leí casi todo el tiempo, hicimos tres paradas, la primera de las cuales fue en Santa Clara, para ver el Monumento al Che, pero solo un ratito (no pudimos entrar al mausoleo), y las otras para comprar artesanías y refrigerios.


Llegué al hotel a eso de las 20.30, y así terminó mi estadía en la playa.

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