29 de junio de 2018

El efecto Lollapalooza

En este mismo momento acaban de salir a la venta las entradas para el show de Morrissey (a quien, sírvanse recordar, amo con locura) el 7 de diciembre acá en Argentina. Y saben qué? No estoy sacando. No voy a sacar. No pienso ir *llora un poco en silencio, sigue escribiendo el post*. Y por qué? Bueno, por lo que he dado en llamar "El efecto Lollapalooza", que paso a explicar:

en marzo de este año tuvo lugar la edición nomeacuerdocuánto del Lollapalooza en Argentina. Nunca había ido a ese festival (de hecho, no me copa mucho la idea de los festivales), pero como mi hermana consiguió sacar las entradas Early bird para los tres días (algo así como $ 2.000 por las tres fechas, no parecía un mal negocio), y se rumoreaba fuertemente que Pearl Jam formaría parte del line up, decidí ir. Meses y meses de espera y anticipación, sumado al entusiasmo de saber, cuando se confirmó el line up, que tocaría también The National el mismo día que Pearl Jam.

Para les que no sepan, el festival se hizo en el hipódromo de San Isidro, que no me queda precisamente cerca, pero al menos se puede llegar fácilmente en transporte público (volver? Volver es otra historia, mis amigues, por supuesto...). Faltando pocos días para el evento, se pronosticaban fuertes tormentas para el domingo, último día del festival, en el que tocarían PJ y The National. Lluvia heavy en un lugar como el predio del hipódromo significaba mojarse y embarrarse hasta el infinito y más allá. Pese a todo no me amedrenté (?), e incluso me compré BOTAS DE GOMA, un horror más allá de lo imaginable para mí.

Llegó el fin de semana del evento: me fui a Buenos Aires el viernes 16 de marzo, con mi valijita y mis horrendas botas de goma; y ese primer día del festival fui básicamente a barriletear, porque no me interesaban mucho las bandas que tocaban. Me compré la remera de The National, sacamos fotos con un gato gigante en la entrada, en fin, fue una especie de "día de reconocimiento del terreno". Ahí me di cuenta, por ejemplo, de que para comer algo hay que hacer colas infinitas y pagar millones de pesos por cualquier porquería. Cuando fue momento de volver para capital, rápidamente se hizo claro que no iba a ser nada fácil: pese a que el tren iba a funcionar hasta más tarde de lo habitual (si mal no recuerdo, hasta las 3 am), las filas para poder tomarlo eran IMPOSIBLES. Cuadras de cola, literal. Después de un rato largo de espera, encontramos un taxi, lo tomamos, pagamos los petrodólares correspondientes de un viaje en taxi entre San Isidro y Colegiales, y así terminó la aventura del primer día.

El segundo día ni fui, saludos a Noel Gallagher (edit: Liam* Gallagher, mirá si me habrá importado poco su show que me lo confundí con su hermano); y ahí la cosa ya se empezó a poner medio fulera: adelantaron todos los horarios de los line ups porque se venía una tormenta de puta madre, cosa que avisaron el mismo día a la tarde. Manejate. 

La tan anunciada tormenta empezó unas horas después de terminada la segunda fecha, e hizo mierda el predio, los escenarios, todo. Y la tercera fecha se suspendió, cosa que se supo al mediodía. Me puse mi remera de The National, me tomé el Costera y me volví a La Plata, puteando, y con las botas de goma sin estrenar (botas que hasta hoy siguen en su caja, sin uso).

A esta altura les imagino preguntándose: "Y qué poronga tiene esto que ver con Morrissey?". Pues, sencillamente, que estoy HARTA. Ir a recitales en este país se ha convertido en un sufrimiento y generador de ansiedad que es una mierda. Las entradas salen a la venta con milenios de anticipación, cuestan fortunas, y a eso hay que sumarle los cargos por servicio de las ticketeras que, muchas veces, ni siquiera pueden brindar una web que no se colapse al momento de querer comprar (si intentaron sacar entradas para Cattáneo en el Colón, saben de qué les estoy hablando...). Llegar, se llega con distintos niveles de dificultad, pero la vuelta casi siempre es una mierda si no estás en auto (y si estás en auto, a veces también). La organización de los eventos muchas veces deja demasiado que desear (cito la falta de sonido en Muse hace unos años, y de visuals en Depeche Mode este marzo, un fin de semana después del fiasco del Lollapalooza); ni hablar de querer comprarte algo para comer o tomar adentro, los precios que manejan son ridículos.

No estoy diciendo que me bajé de los recitales para siempre, pero sí que voy a seleccionar cuidadosamente a cuáles asistiré. Si me implican demasiados dolores de cabeza, bai.

Entonces, con Moz tocando en el Directv Arena en Pilar (Pilar!), sin transporte público que me lleve fácilmente, ni hablar de cómo volver (no ya a La Plata, no soy tan pretenciosa, pero por lo menos llegar fácilmente a capital), con entradas que arrancan en los 1.700 y pico de pesos (y llegan hasta 3.900), dije NO. Tuve la suerte de verlo ya dos veces, y una de ellas en Manchester. Si agrega algún teatro en Capital, buenísimo, iré. Y si no, será la próxima, siempre que la próxima no me implique un viaje más jodido que el de Frodo y Sam a Mordor.

4 comentarios:

  1. Si, comparto. Y es una bosta porque el terminar no yendo al recital, siempre te deja ese gustito de "la puta madre, pero yo lo quiero ver". También fui víctima de la suspensión del Lollapalooza. Pero la ventaja que tengo es que vivo en Beccar (partido de San Isidro). Hasta ahora fui a todos los Lollas, y siempre me voy caliente con la organización. O son pésimos, y me estoy poniendo viejo. O ambas. Y el recital que más decepcionado me fui en mi vida fue ese de Muse que mencionaste.

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    1. Ni hablar que no tengo que mirar el setlist ni leer ninguna crónica del show una vez que pase, porque me desangraré por dentro... pero posta que hay que poner el límite en algún lado. El mío, parece, está en Pilar xD

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  2. Y el mío en La Plata, justamente.. jaja. Salí seis meses con una chica de ahí, y ya no puedo hacer ese viaje.

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    1. Te perdés a Roger Waters! Just sayin'...

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